
Un cuarto, dos por cuatro metros son sus medidas. Miles de manchas de tierra y grasa sobre un blanco mal pintado, sirven de decorado. Por el costado derecho, se encuentra la única fuente de luz, normalmente opacada por miles de botellas apiladas en forma de torres. A lo lejos siempre se escucha el sonido de un teclado. Le antecede a ese ruido un espacio inservible. en el que podríamos llamar centro, se ubica una mesa que, a la vez que sueña con esos años mozos. tiempos en donde se realizaban “importantes reuniones” entre el representante legal del reinado del caos y una abstracta filósofa contemporánea” no recuerdo el nombre, pero creo que comenzaba con “C” –sin ánimos de ofender- ten fe querida mesa, algún día te quemarán en alguna chimenea de alguna casa de veraneo de alguna pareja feliz.
El ruido de ese teclado se va haciendo intenso. Una vez que traspasas el despacho de reuniones (ja, una ironía), logras ver una silla bordó. Esta le comenta a un escritorio hecho de material reciclado –como todo lo de ese lugar- que la persona que está redactando esta historia, pierde su tiempo describiendo un lugar que se define en tan sólo cuatro palabras : “la incomodidad de estar triste”. Gracias pequeña silla bordó.
Bueno como acaban de leer, el lugar es de una tristeza enorme. Salvo por un hada del planeta rojo que, cada mañana y hasta el anochecer concede deseos a los habitantes diurnos y nocturnos de este infecto lugar, llevándose a cuestas un enorme bolso de problemas, que más temprano que tarde, le producen dolor.
Una niña-mujer, más niña que otra cosa. De una belleza fuera de lo normal. Desparramados cabellos rojizos especifican el planeta desde donde fue enviada. ¡Dios! Jamás vi ojos tan expresivos en mi vida. Únicamente ornamentados por sus también coloradas pestañas. Al verlos puedes leer miles de historias y aventuras que, difícilmente recuerda, ya que los seres superiores la han hecho olvidar para que no extrañe y se centre exclusivamente es su misión.
Su ausencia crea un ambiente sórdido y a veces putrefacto. Por esto, cuando se oyen sus –mágicos- tacones hundirse en la enmohecida madera de la escalera que la lleva a su dependencia, el fuerte resplandor de su color, se esparce en el escenario. Se sienta en la gemela de la –anteriormente mencionada- silla bordó y comienza su tarea.
Trabaja tranquila, pero en ocasiones, se cuestiona su presencia en ese lugar. ¿Quién no? Tan hermosa criatura no debería estar ahí. Estos replanteamientos, son lanzados por el inconsciente –sucio gusanillo- que quiere boicotear los designios de sus superiores.
Ella recibe esos mensajes, pero no entiende bien qué quieren decir. Sueña con encontrarle una respuesta matemática a las transmutaciones del alma. El nacimiento, primera transmutación; aburrimiento, segunda transmutación; frustraciones, tercera transmutación; suicidio o muerte natural, cuarta transmutación, y así sucesivamente. Cuando no está danzando con las formulas, se abstrae con los números, los viste, les pone caritas, los hace sonreír… en síntesis los humaniza.
Esta pequeña hada, vivía con una forma no material, en el mundo que le da el nombre. En este místico reino, gobernaba el desorden –como en el lugar en que se encuentra ahora- aunque sin anarquía. Primaban las artes, la lírica, la música. Se dice por ahí que, este astro abastece al universo de artistas y seres sensibles. (completamente de acuerdo). Ella fue lanzada a la tierra por sus padres, quienes ocupan un importante puesto en la comarca celestial. No tenía grandes preocupaciones. Le encantaba pasearse por las estrellas orando poesía, actuando sus propias obras… hasta que, en una asamblea –que se realizaba cada mil años- los reyes junto a sus progenitores decidieron salvar al mundo de la ciencia numérica cuadrada. Ágilmente, una comisión de 48 representantes de cada una de las zonas que conforman el planeta rojo, buscaron a la elegida. ¡Bingo! La encontraron sentada en un lucero imaginando la perfección.
La enviaron a la matriz de una mujer digna de parirla; una mujer honesta, sin los comunes sentimientos humanos. Se dice que fue un obsequio enviado por los astros. En compensación, ya que esta mujer ha pasado por mucho en su vida y aun así, nunca perdió la fe.
Al nacer, su madre adoptiva le puso el nombre terrestre: María José. Su infancia terrenal fue institucionalmente feliz. Se crió en una familia bien constituida, y la componen tres personas, madre, padre y un hermano. Desde niña fue especial, incluso, siendo contaminada con las emociones propias de los hombres, sobresalía de los demás. Vanidad, enojo, malcriadez, pasaban a segundo y hasta tercer plano, gracias a las satisfacciones que ella entregaba a todos quienes se daban la oportunidad de conocerla o al menos acercársele.
Hoy, viviendo su segunda década. Ya es tiempo que cumpla. No le es fácil, porque los designios del caleidoscopio (la vida), la han ubicado en el lugar donde se encuentra su mayor ofensor: la razón.